El domingo que vivimos peligrosamente. Capítulo 1.

Llegaron a casa después de haberse gastado la última peseta de las cinco mil que tenían, en la décima sesión de la misma película. Helados, frotándose los guantes, se habían mirado de reojo al subir el tercer tramo de escaleras, justo cuando alcanzaban el rellano. Hoy era la última noche que se verían. Luego habrían de esperar unos meses para reiniciar la marcha. Hacía mucho frío. Siempre hacía un pelete del carajo en aquellas casas. Viviendas de protección social, le había dicho su padre en una ocasión. En uno de los tres dormitorios, el más grande, el que daba al salón, les habían dejado dormir toda la semana, juntos. La abuela se afanaba en obligarles a descansar llegada las 10, pero se las ingeniaban para esconder alguna revista o una linterna para contarse las peripecias de sus otras vidas.

No se han quitado los abrigos ni los guantes y permanecen tiritando al calor del perezoso radiador con ruedas. Al rato, observan que la pegatina en forma triangular que alguien colocó a falta de un indicador está descolocada. Mierda, estaba al mínimo. Cleck, cleck, cleck. Tres posiciones a la derecha. Otros diez minutos de espera. Eme mira por encima del hombro a Erre, pero porque es un año menor, y su estatura es considerablemente inferior. Observa la ventana, empañada de la condensación, aunque tardará unos años en saber de qué va eso, y piensa que hoy será el último día. Vuelve a mirar a su primo y le pregunta que si tiene hambre.

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